sábado, abril 10, 2010

No existe Cecilia - Parte III

Disclaimer: Todo es ficción, mayor información leer primer post del blog.

Es viernes y la paciencia de mi madre llegó al límite y me ha dado una fecha límite para volver. En dos días a más tardar debo estar en Lima o me busco otro lugar, porque mi casa no es un hotel y mientras vivas bajo mi techo...

Entonces después de casi tres semanas me encuentro de nuevo en Cruz del Sur con mi boleto en la mano y la misma señorita de aquella vez.

—¿Para cuando el pasaje?
—Para domingo al mediodía, por favor.
—¿Desea pollo o carne en el almuerzo?
—Carne está bien.
—Señor Santiago, su bus servicio cama-suite de Arequipa a Lima sale el domingo a la una de la tarde, llegue media hora antes. Eso es todo —recita con una sonrisa.— Gracias por preferir Cruz del Sur.

Cecilia no sonó muy feliz por el teléfono cuando le conté que me tenía que ir. Acordamos encontrarnos para conversar sobre nosotros. Siempre me ha parecido muy curiosa la frase "tenemos que hablar de nosotros". Yo nunca he hablado por alguien más y creo que a veces no puedo hablar ni por mí. Como sea, esa frase nunca augura nada bueno, o por lo menos nada placentero.

Por fin llego al centro comercial donde Cecilia me esperaría y no la encuentro por ningún lado. Estoy a punto de llamarla al celular cuando la veo sentada en una mesa del food court. Me acerco por detrás y la abrazo. Ella se deja abrazar y se aferra aún más. Luego de un beso me siento frente a ella.

—Pensé que te quedarías unos días más —me dice después de unos minutos de hablar de cualquier cosa—. ¿Entonces?
—Yo no me quiero ir, pero tengo que regresar.
—¿Que pasará con nosotros?
—Esta conversación me trae recuerdos —digo entre risas para aligerar la tensión—. Hace años tuvimos la misma...
—Entonces como no funcionó antes, no creo que funcione de nuevo, eso dices —Cecilia está seria y un poco molesta.
—No he dicho eso.

Expresar sentimientos como el amor siempre se me hace difícil, no me siento cómodo hablando de cualquier cosa relacionada. Pero creo que si no lo hago ahora, me voy a arrepentir, entonces suelto de golpe.

—Yo solo sé que esto que siento por ti, no lo siento hace mucho, o fácil nunca. Puedo viajar una vez al mes, tú puedes viajar quizás una vez al mes también. Creo que podría funcionar.
—Yo tengo miedo que tú me digas estas cosas y me hagas promesas y luego en Lima salgas por ahí, o con tus amiguitas.
—Nunca he sido infiel a alguna de mis enamoradas y si te digo que quiero estar contigo, es por que lo siento de verdad. Además tú eres una chica bonita y simpática, sobresales en esta ciudad. —digo con cierto tono juguetón para aliviar las tensiones.— Yo soy el que debería estar preocupado.
—Santi, ya te conté como es mi vida. Universidad y luego mi hijo. Eso es lo único que hago todo el día. No salgo a bailar y menos a tomar, bueno estas vacaciones tú me has corrompido.

Los dos nos reímos y nos besamos un poco. La tensión se va disipando.

—Entonces seguiremos y nos veremos un par de veces al mes y no me sacarás la vuelta —me dice Cecilia con tono travieso—. Y yo no te sacaré la vuelta a menos que el tipo sea muy guapo.
—Está bien por mí.
—Entonces, ¿qué hacemos por tu despedida?
—Mejor salimos hoy y mañana tranquilo. No quiero viajar resaqueado.
—No tomes tanto entonces.
—¿Por qué no pensé en eso antes?—digo con sarcasmo y me gano un pellizco de Cecilia.

Son las once de la noche y estamos entrando a El Monje, un lugar céntrico y concurrido. Todas las mesas están llenas y la pista de baile es un masijo de gente frotándose. Mientras caminamos buscando una mesa libre, Cecilia divisa a un grupo de amigos de la universidad.

—¿Por qué no nos sentamos con ellos? —le pregunto.
—No los conozco bien. Además he venido contigo.
—Por mi no hay problema, nos sentamos un rato, tomamos un par de tragos y nos vamos. Estoy un poco cansado.
—Que raro, por mí nos vamos lo antes posible.

Luego de acercarnos al grupo de amigos y las presentaciones de rigor nos acomodamos en la mesa y desde el momento en que toqué el asiento dejé de existir. O por lo menos para Cecilia. Ella se embauca en conversaciones muy animadas y cerradas con dos amigos. Y yo solo tengo a un desconocido a mi costado. Mi fuerte nunca ha sido hacer amistades de la nada, pero tengo la facilidad de seguir y aparentar interés en una conversación insulsa con extraños.

Han pasado dos horas y lo único que me ha dicho Cecilia es sírveme un poco más. Yo estoy de un humor de mierda, pero trato de actuar con tranquilidad y sin sulfurarme. Pienso que han sido varias las veces en que yo he tomado con mis amigos y ella no me hizo ningún problema o reclamo. Y según me contaba ella no salía seguido y mucho menos a tomar algo. Ponen una canción que a Cecilia le encanta y salgo de mis cavilaciones.

—¿Quieres bailar? —le pregunto.
—Ahora no, más tarde.

En el arrastre de las palabras y ese rubor en las mejillas, me doy cuenta que Cecilia está ya un poco mareada. Estoy a punto de hablarle cuando se para con uno de sus amigos parlanchines y se dirige a la pista de baile. No puedo evitarlo y me pongo a reír como un idiota. Eres un puto idiota Santi, me repito a cada rato. El primer día que saliste con ella, debiste haberlo dejado ahí.

A la mesa se unen tres chicas, amigas de uno de los parlanchines. Son mayores que yo, pero me llevo bien con una en especial, Vane, que se da cuenta de la obvia tensión entre Cecilia y yo. La compañía de Vane es una buena distracción y estoy riendo y bebiendo como si todo estuviera bien. Luego de un rato, me acerco a Cecilia y la saco a bailar.

—¿Qué pasa? —le pregunto mientras bailamos.
—Tú no se porque estás molesto y de mal humor.
—Bueno, quizás sea porque desde que hemos llegado no hemos hablado más de un par de frases y es la última noche que salimos. Además que estás tomando más de lo aconsejable, ah, y me he enterado de un montón de saliditas y borracheras.
—Entonces tú si puedes salir y tomar con tus amigos y amigas y yo no.
—No es eso, es la mentira lo que me jode y lo que es peor, tu comportamiento en estas tres semanas son todo lo contrario a como te estás comportando ahora.
—Mis amigos y yo estamos conversando de trabajo, ellos ya casi acaban, uno me quiere dar prácticas, solo de eso estamos hablando.
—Estás casi encima de él con una mano distraída sobre su pierna. Tú ya estarías haciendo un escándalo si fuera al revés.

Cecilia y yo ya no bailamos, solo discutimos en medio de la pista. Y esa última frase que dije sonó tan patética, que mi enojo cambió y se convirtió en asco y cansancio.

—¿Nos podemos ir de una vez? —le pregunté en tono neutro.— Ya solo quiero dormir.
—Yo me quedo, si quieres vete tú.
—Mira Cecilia, por más que me gustaría dejarte aquí, has salido de tu casa conmigo. Te tengo que dejar ahi, además estas mareada y no te puedo dejar con esos huevones que ni siquiera conoces bien.
—Vete, yo hago lo que me da la gana —Cecilia va al baño y me deja parado en medio de la pista de baile.

Yo vuelvo a la mesa y me siento derrotado. No me puedo ir y dejarla sola, eso solo me tendría preocupado y ansioso. Los parlanchines, que se han quedado solos porque el resto está bailando, me miran entre divertidos y cómplices con una miradita que dice "Ya has comido mucha carne arequipeña, pendejito, ahora nos toca a nosotros". O eso creo. Y ahi me doy cuenta que ya no tengo nada que perder. Nunca voy a volver a ver a ninguno de ellos, incluida Cecilia.

—Mira, Ceci está media borracha, yo la tengo que llevar a su casa —intento razonar.— Tú o los dos se la quieren levantar, genial, pero hoy no. Porque así me tenga que quedar hasta mañana, no voy a dejarla sola.
—¿Qué hablas cuñado? —me dice el cabrón más avezado.
—Si ustedes se quedan, gastan más plata emborrachando a Cecilia para luego ver que sale. Pero ya te dije, hoy no va a pasar nada. Solo quiero largarme de una vez.

Yo estoy envalentonado por el alcohol, pero sobre todo por mi mal humor. Uno de ellos se empieza a reír.

—Esta vaina ya está muriendo, vamos a otro lado, de paso que Cecilia se va —dice entre risas.

Como si hubiera escuchado su nombre, ella reaparece y se sienta con nosotros. No me dirige la mirada y escucha con desánimo que sus amigos ya se van.

Cogemos un taxi y no hablamos en todo el camino hasta su casa. Al llegar me bajo y empiezo a caminar. Cecilia que bajó por el otro lado me mira y pregunta sin obtener respuesta.

—¿No vas a pagar el taxi?

Después de dar unos pasos volteo y la veo entrar a su casa. Prendo un cigarro y sigo caminando.

3 comentarios: